lunes, 21 de mayo de 2012

En el internado

Hoy he visitado (re) la Residencia de Estudiantes, cité a la gente en el Ramiro en la entrada del Magariños, algunos mencionaron el desafortunado descenso del “Estu” a la segunda categoría del baloncesto. En esos momentos no pude dejar de mostrar una acusada indiferencia apenas disimulable ante lo deportivo. He llegado con tiempo de sobra, he tomado un café en la cantina del instituto justo a la hora del recreo y me sorprende todavía ver a Geni detrás de la barra, pelo encanecido ,al borde de la jubilación y atendido ahora que se siente más cansado y viejo , como si fuese un "demente" aprendiz más , por un venezolano de tez oscura que conoce al dedillo la última alineación del equipo del colegio. He mirado alrededor y apenas la oleada del bullicio adolescente me ha impedido recrearme en algunos recuerdos cada vez más lejanos en el tiempo. Más de uno sabemos que tras la caída del muro en otoño de 1989 año en que ingresé en el instituto, comenzó a desarrollarse de manera taimada e inversa a lo que acontecía en Europa del Este, hablo de esa época en la que el que suscribe, en sus años de formación se inició en la lectura de prensa ,y en cierto modo aprendió gracias a ello a aproximarse a la realidad hasta hoy, un programa desde la jefatura de estudios en el centro que tendió a clausurar los patios. Se levantaron erizadas verjas en torno a "la cruz" y "la virgen", esas viejas esculturas, representaciones arcaizantes que en muchos casos por no decir los más, hacían las veces de lugares destinados a la natural irreverencia juvenil y que habían formado irremediablemente parte del decorado del instituto y en consecuencia objeto de protección de cierto personal docente todavía heredero de ciertas prácticas autoritarias. Al dirigirnos esta mañana, en una desapacible mañana de finales de Mayo a la "colina de las chopos", como bautizara Juan Ramón Jiménez a este enclave en la época dorada de la Residencia, lugar en el que resultaba en esos años inimaginable la inmimente metralla de la guerra civil y el posterior y dramático desalojo por todos conocido, nos hemos topado con la valla que da acceso al recinto con el cerrojo echado No puedo dejar de pensar que todo parece permanecer pertinentemente clausarado como desde entonces. No obstante un bedél, diligente como aquél Celedonio, engalanado con ribetes dorados en los puños en el otoño del 89, pero sin ese importante grado de minusvalía en el brazo derecho que no le impedía el manejo de un juego de llaves cual carcelero de la tercera planta del edificio del instituto ,se ha dirigido amablemente a nosotros y nos ha abierto la puerta que lleva hacia "la cruz" enrejada en un absurdo afán de protección de ciertas imágenes, y los viejos campos de fútbol del internado. No creo que Celedonio supiera que justo ahí al lado de la escalera que él vigilaba con denodado esfuerzo Albert Eisntein expusiera su "Teoría de la Relatividad”. Su muñón enguantado de cuero en siniestro apéndice era lo que más se nos aproximaba por entonces a la física cuántica. Ví desde lejos los diferentes módulos de la Residencia, como ese buque, que según las crónicas en las que, la más que probable alucinación surrealista de algunos estudiantes de la época les hacía representarse un transatlántico varado entre las adelfas centenarias al subir por la Calle Pinar, al ser mecidas por el viento de Junio en la azotea las sábanas tendidas por el servicio de la ilustre institución. Soledad, quietud, viento y rumor amortiguado de adolescencia, balonazos , olor a sudor en aulas acristaladas, muros encalados sobre los viejos grafittis, ingenuas chupadas a porros escribiendo en cuadernos, periódicos por inaugurar ya con fotos amarillentas del pasado como de finales de 1989.