Un profeta se instaló por sorpresa en el semáforo de López de Hoyos en el mediodía de un sábado de comienzos de septiembre, y su monocorde y apocalíptica letanía distrajo a JuanDiego Pereda de la lectura del periódico en la plaza de Prosperidad.
Levantó la vista y sobre todo, antes de fijarse en su figura percibió la sensación de indiferencia que generaba a su alrededor pese a lo insólito de su comportamiento y propia presencia.
Se movía de izquierda a derecha sin atreverse a cruzar la avenida como atrincherado en su urbano e improvisado púlpito, acompasando la perorata que dirigía a un público invisible con un frenético manejo de las cuentas del rosario.
Su edad era difícil de determinar,lucía una recortada barba plateada cual capitán Ahab trasmutado en Gregory Peck y un cinturón de cuero marrón por encima de su promimente barriga. En ese momento su apariencia también le recordó a la de algún veterano cantante de country, de esos que trataban inutilmente sacudirse el polvo de la carretera y el comprimido vapor del whisky en la sangre a golpe de Evangelio.
En ese momento, Pereda leía un artículo sobre economía que le exigía un cierto grado de concentración quizá malgastado, para seguir la paja mental de un autor al que hasta hacía un tiempo había seguido como referencia a la que aferrarse en una época a la que por casi nadie podía uno sentirse asido a gran cosa , pero que ahora parecía más desorientado que él mismo aunque a difrencia suya gozaba de ese privilegiada tribuna.
En el momento que leyó al articulista utilizar con gran fortuna la expresión l'air du temps para referirse al tan voluble estado de las cosas, levantó la cabeza y se detuvo a observar la tupida maraña del follaje que en ese momento le protegía del sol y la torre de la iglesia de vagas reminiscencias centroeuropeas abandonando la lectura del texto.
Se sentía tranquilo,descansado, dejándose mecer por sus pensamientos y ese tenue viento quizá envenenado del que hablaba el periódico y que apenas agitaba las hojas de los platanos mientras el profeta, sin elevar el tono de voz parecía amortiguar el rumor del tráfico.
Pereda sabe que en unos minutos pasará por la plaza Sánchez Ferlosio (es un hombre de sólidas costumbres) quizá ha venido hasta aquí por eso, aunque no lo sabe bien. El escritor en los últimos años ha ido adquiriendo un aire de visionario, como de sabio desmelenado o director de orquesta que acude con devoción a los conciertos del Auditorio, aunque sí sabe que no será capaz de felicitarle directamente por un reciente artículo, valiente,a contracorriente de casi todas las corrientes, atreviéndose a decir cosas como "odio a España desde siempre pero no iría al extranjero"; le ve aparecer a lo lejos adusto, arrastrando su carrito de la compra y las gafas colgadas sobre el pecho y la corbata negra. Se detiene en un interminable minuto ante el profeta, que parece haber detenido su fervor místico,como quien observa una especie exótica en un zoo y el predicador le mira con indulgencia como si se sintiera intimidado por este escritor de melena revuelta que habita el barrio.
Tras ese interminable intervalo ambos se diluyen entre la gente y Pereda piensa en lo que habrá detenido a Ferlosio ahí en ese momento, y sabe que él escribiendo nunca alcanzará la pulcritud del estilo de Alfanhui y apenas alcanzará un tímido balbuceo como cuando trata de expresar a la gente lo que piensa para continuo desconcierto de los demás, así que decide tomarse una cerveza en Casa Emilio y retomar ese artículo de economía sin estar del todo seguro de que no haya pasado nada esa mañana de sábado en la la Plaza de Prosperidad.
sábado, 4 de septiembre de 2010
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