Pese al amor que profesamos a la ciudad hay veces que no nos queda más remedio que abandonarla aunque sea unas horas durante las que no dudamos en ser con ella tímidamente infieles. Hablo de la terapia de callejear por ciudades cercanas y alejarnos un poco de la persona que somos en Madrid, pendiente del último estreno de cine, la última exposición o esa que simplemente acude diariamente a la oficina o a esa entrevista de trabajo que no llega, aislados del exterior con el Ipod y absortos en nuestras preocupaciones en un trasbordo de metro.
Esas escapadas nos generan la ilusión de ser momentáneamente otro individuo que se cree ingenuamente inmune al veneno que ya le inoculó la gran ciudad, y nos devuelven repentinamente a un tiempo ya lejano de excursiones y campamentos de verano de la infancia.
El otro día, paseando por Segovia bajo una tenue llovizna, tuve esa sensación de temporalidad suspendida, de quietud de portales húmedos que se abren en el rechinar de sus goznes, y que casi puede acariciarse en los pórticos de sus iglesias románicas.
Durante el paseo, recalo por casualidad en la casa museo de Antonio Machado en el número 5 de la calle de los Desamparados, lugar en el que residió el poeta cuando acudió a Segovia para ocupar la cátedra de francés en el Instituto General y Técnico en 1919 y percibo los lazos con los que la ciudad del acueducto ha sabido unirse a Machado, tan profundos como las raíces centenarias de los olmos que tan bien supo cantar.
Regreso a Madrid reconfortado, aunque tan sólo la haya dejado por unas horas, noto que me recibe con incrementada estridencia de tráfico agresivo pues durante unas horas apenas sí escuché el sonido de la lluvia resbalar entre las piedras y las cornisas de los soportales, y el griterío quedo de los niños en el patio de la escuela.
Recomiendo si pueden, darse vuelta por ahí en un día de lluvia y entenderán porque la nueva estación del AVE lleva el nombre de Guiomar.
Up!
Durante el paseo, recalo por casualidad en la casa museo de Antonio Machado en el número 5 de la calle de los Desamparados, lugar en el que residió el poeta cuando acudió a Segovia para ocupar la cátedra de francés en el Instituto General y Técnico en 1919 y percibo los lazos con los que la ciudad del acueducto ha sabido unirse a Machado, tan profundos como las raíces centenarias de los olmos que tan bien supo cantar.
Regreso a Madrid reconfortado, aunque tan sólo la haya dejado por unas horas, noto que me recibe con incrementada estridencia de tráfico agresivo pues durante unas horas apenas sí escuché el sonido de la lluvia resbalar entre las piedras y las cornisas de los soportales, y el griterío quedo de los niños en el patio de la escuela.
Recomiendo si pueden, darse vuelta por ahí en un día de lluvia y entenderán porque la nueva estación del AVE lleva el nombre de Guiomar.
Up!

Estás hecho un Herodoto.
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