Después de la muerte de mi abuelo y la de Miguel Delibes el mismo fin de semana,paisanos,pertenecientes a la misma generación y con similares aficiones cinegéticas,no he podido menos que hacerme una serie de reflexiones a partir de tal coincidencia que les traslado aquí,tratando de rendir un humilde homenaje póstumo.
Sé que pensarán que vivencia tan íntima poco tiene que ver con el tema principal de esta página en la que hemos decidido acumular nuestras experiencias en este enorme Madrid que habitamos.
Sin embargo me interesa ponerlo en relación desde el punto de vista de lo muy refractarios y renuentes que en muchas ocasiones son los personajes a los que Delibes dio voz, a la gran ciudad, donde inevitablemente se sentirían perdidos y despojados de su esencia por estar siempre tan adscritos a ese mundo rural al que mi abuelo también pertenció.Esos personajes de Delibes que exploran como nadie la relación del hombre con el medio rural en una España áspera de latifundios, caciques y nacionalcatolicismo, nos devuelven una contraimagen de nosotros mismos, aparentemente convencidos urbanitas. Saben que la defensa de la pureza de los valores rurales frente a la diletancia del citadino y a veces, por qué no decirlo, disipación y frivolidad ha sido cuestión literaria recurrente.
Por eso, el deceso de mi abuelo me ha devuelto imágenes de infancia de fascinación ante el descubrimiento de la naturaleza,el encatamiento ante una cola de lagartija todavía agitándose después de ser extirpada del reptil,la calma entre las acequias y la sombra de las higueras,las chuletadas en la plenitud de la primavera,el dolor que provoca el retroceso de una escopeta que golpea muy duro el hombro si no la sujetas bien,la fidelidad extrema de los perros de caza,las ballestas de fabricación casera para atrapar pajaritos que luego quedan bien ricos en la cazuela.
Todo eso la gran ciudad lo elimina, de ahí que mi abuelo ofreciera también como el autor de "Las ratas" enormes resistencias a ser fagocitado por la urbe, trasladándonos todo un repertorio de supervivencias de esa Castilla secular, expresada a través de la sabiduría popular , de la observación de la naturaleza y el arraigo, siempre más sólido de la pertenencia a una familia con un sentido casi de clan que ya no está entre nuestras categorías.
Por eso allí donde estén, bien paseando Don Miguel por el Campo Grande en Valladolid o bien mi abuelo en alguna fiesta de pueblos de los alrededores o instalando el cableado de los postes que Telefónica comenzaba a llevar a los pueblos al final de la interminable posguerra o persiguiendo unas perdices escopeta en ristre, bien podrían estar compartiendo un Ribera y que el gran autor pucelano ya hubiera puesto voz a quien con él se fue el mismo fin de semana y al otorgársela ya permanecería para siempre en forma de palabras para ser redescubiertas por las generaciones venideras.
Queda en mi recuerdo para siempre abuelo Longinos.
Sé que pensarán que vivencia tan íntima poco tiene que ver con el tema principal de esta página en la que hemos decidido acumular nuestras experiencias en este enorme Madrid que habitamos.
Sin embargo me interesa ponerlo en relación desde el punto de vista de lo muy refractarios y renuentes que en muchas ocasiones son los personajes a los que Delibes dio voz, a la gran ciudad, donde inevitablemente se sentirían perdidos y despojados de su esencia por estar siempre tan adscritos a ese mundo rural al que mi abuelo también pertenció.Esos personajes de Delibes que exploran como nadie la relación del hombre con el medio rural en una España áspera de latifundios, caciques y nacionalcatolicismo, nos devuelven una contraimagen de nosotros mismos, aparentemente convencidos urbanitas. Saben que la defensa de la pureza de los valores rurales frente a la diletancia del citadino y a veces, por qué no decirlo, disipación y frivolidad ha sido cuestión literaria recurrente.
Por eso, el deceso de mi abuelo me ha devuelto imágenes de infancia de fascinación ante el descubrimiento de la naturaleza,el encatamiento ante una cola de lagartija todavía agitándose después de ser extirpada del reptil,la calma entre las acequias y la sombra de las higueras,las chuletadas en la plenitud de la primavera,el dolor que provoca el retroceso de una escopeta que golpea muy duro el hombro si no la sujetas bien,la fidelidad extrema de los perros de caza,las ballestas de fabricación casera para atrapar pajaritos que luego quedan bien ricos en la cazuela.
Todo eso la gran ciudad lo elimina, de ahí que mi abuelo ofreciera también como el autor de "Las ratas" enormes resistencias a ser fagocitado por la urbe, trasladándonos todo un repertorio de supervivencias de esa Castilla secular, expresada a través de la sabiduría popular , de la observación de la naturaleza y el arraigo, siempre más sólido de la pertenencia a una familia con un sentido casi de clan que ya no está entre nuestras categorías.
Por eso allí donde estén, bien paseando Don Miguel por el Campo Grande en Valladolid o bien mi abuelo en alguna fiesta de pueblos de los alrededores o instalando el cableado de los postes que Telefónica comenzaba a llevar a los pueblos al final de la interminable posguerra o persiguiendo unas perdices escopeta en ristre, bien podrían estar compartiendo un Ribera y que el gran autor pucelano ya hubiera puesto voz a quien con él se fue el mismo fin de semana y al otorgársela ya permanecería para siempre en forma de palabras para ser redescubiertas por las generaciones venideras.
Queda en mi recuerdo para siempre abuelo Longinos.
Lo siento mucho Charlie Groove. ¿Se llamaba Longinos? Ese nombre marca la diferencia. La muerte se lleva siempre universos de naturaleza única. El mejor homenaje es recordarles.
ResponderEliminar